domingo, 27 de mayo de 2012
Las orejas del tiempo
Mis dientes nunca quisieron ser normales. La normalidad no les sentaba, no les convencía. Cuando aún tenía dientes de leche, y entré en la edad de mudar a dientes permanentes, mis dientecillos de leche entraron en huelga. Sacaron garritas y se clavaron en mis encías. Se negaron a mudarse de casa. Y entonces, cada vez que me crecía un diente permanente, me convertía también en un tiburón, con mis respectivas dos filas de dientes. Y ni eso asustaba a los dientecillos de leche. Un dentista tenía que socorrerme y arrancarme con sus burtonescas herramientas aquel terco colmillín.
Y esto se repitió vez tras vez. Años después entendí que esto era un presagio que me anunciaba que mi vida nunca funcionaría con los tiempos normales. Que en mi historia, el tiempo seguiría otras leyes. O más bien que sería completamente anarquista.
Y así ha sido.
Como cuando tenía 18 años y me enfermé de algo que nunca se supo bien que era. Y los doctores me obligaron a quedarme en cama por tres meses. Y mis compañeros de la universidad avanzaban de semestre y yo tuve que perder el mío, y pasar los días con apenas energía para ir al baño y volver a la cama. Y esa pausa forzada que me puso la vida fue más que una pausa. Salí de esa experiencia diferente, con una nueva visión de la vida.
Y así han sido mis tiempos. Como cuando me enteré que sí me iba a estudiar a Francia - ya estando en Francia. Siempre las dos hileras de dientes. Siempre el tiempo echo un nudo que, cuando lo dejo que solito se desenrede, forma dibujos hermosos en el sendero de mi vida.
Debo aceptar que aún y cuando las señales estuvieron ahí desde mi infancia, que aún y cuando desde niña el tiempo me dejó en claro que sería un rebelde, hay momentos en que me quejo. En que pregunto por qué. En que espero y desespero. En que quisiera tomar al tiempo por las orejas, esas orejas que parecen manecillas de reloj, y hacerlo entrar en razón.
Pero después recuerdo que la razón y el tiempo no son compatibles...
La otra noche cuando viajaba en el metro, fue una grata sorpresa encontrarme con un señor que vendía rehiletes. Los mismos que yo recordaba de mi infancia. En papel brillante y colorido, en morados y verdes, dorados y azules. A medida que el metro avanzaba y tomaba velocidad, los rehiletes amarrados a un tubo parecían bailar de felicidad al ritmo de la vida. Parecían llenarse de vida, de vitalidad, de sonrisas, de energía. Y entonces pensé que cuando los rehiletes se ven más bellos (y al mismo tiempo logran cumplir su propósito en la vida) es cuando se dejan llevar por el viento.
Hace unos días cumplí treinta años pero sigo sintiendo, como lo he sentido siempre, que esto a penas empieza. Y me encanta que sople el viento.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Pan, pasta y levadura
Amante como soy de la naturaleza, admito que hay algunas plantas que me llaman más que otras. Y de entre ellas, está la belleza sensual de la unión femenina-masculina que proyecta el hibiscus. Son esas flores explosivas. Grandes, sin vergüenza alguna de existir, llenas de vida, de color, como unos labios abiertos listos para saborear el mundo. Tanto le pedí a la vida que me llegara en algún momento un hibiscus, y hoy, tan natural como suceden las cosas más lindas e inesperadas de la vida, llegó una a mi vida. Y la abracé y me la traje a casa.
Observando sus gloriosas flores rosas, no puedo dejar de sorprenderme ante el hecho de que esas flores nacen para durar entre uno y cuatro días. Tanta belleza, tanto arte, tanta sensualidad exorbitante que puede morir de un día a otro. Me conmueve. Es como si la vida, a través de sus expresiones hermosas como es la naturaleza, nos tratara de decir que el tiempo no importa. El tiempo es niebla; se deshace. El tiempo existe en nuestra cabeza. Las cosas bellas y las cosas buenas en esta vida, hay que hacerlas por el simple hecho de hacerlas, de que existan, por honor a su grandeza, por la alegría que producen sin importar el tiempo que duren.
Hace como un mes mi esposo y yo encontramos en una tienda bastante singular llena de cachivaches y cachureos una auténtica maquinita italiana para hacer tu propia pasta. Había sido el sueño de ambos desde hace tiempo, y el módico precio nos parecía increíble. Y anoche, con mis manos metidas en la masa sobre la mesa y estírala por aquí y amásala por allá, me parecía que, sin duda, en este mundo que todo nos venden se nos ha olvidado que todo lo podemos hacer nosotros mismos. Y no hay nada más mágico (ni delicioso).
Hace un par de días le decía a mi esposo que aprender a tejer había sido uno de los conocimientos más bellos e importantes que había adquirido el año pasado. Fue revolucionario para mí. No solo fue el poder tejer, y todo lo que me permite producir, sino el recordar que en esta vida hay pocas cosas tan importantes como crear. Y para demostrar que el tiempo es la nada, y que nunca es demasiado tarde, pensaba en como aprendí a tejer a finales de noviembre, como si el año no se haya querido ir sin que yo aprendiera eso, como si fuera de suma importancia que ese aprendizaje lo apretujara en ese año, pues en ese año tenía que ser.
Y entonces le decía al buen escucha que es mi esposo que en lo que iba de este 2012, lo más importante que había aprendido era a trabajar con hierbas curativas y aromáticas. Que había sido mágico y trascendente y que, sin contar las sorpresas que la vida me quiera dar y otras cosas que se añadan en el camino, mi otro plan para este año era aprender a hacer pan.
Y ahora me preparo para armarme con buena bibliografía que me enseñe como hacer pan, un buen pan integral con todo tipo de nutritivos granos. No es poco común escuchar que "en el tiempo de las abuelas" se hacían estos dulces o aquellos, se preparaba el alimento así o de aquella otra forma. ¿Y qué hacen las abuelas de hoy? ¿Y qué haré yo cuando me toque ser la abuela? ¿Y cuáles mágicas recetas habremos dejado como legado para generaciones futuras? O... ¿nos recordarán por saber calentar bien la comida preparada congelada en el microondas?
Cuando me veo ansiosa por el futuro, y hablo con mi sabia madre, ella siempre me dice: todo llega a su tiempo, todo tiene su tiempo indicado. Es como cuando haces un pastel, y lo metes al horno. Para disfrutarlo, para que quede sabroso, uno no lo debe sacar del horno antes. Tu tranquila, que las cosas se están cocinando. El pastel lo sacarás en el debido momento, para que todo esté como tiene que estar.
Y cuando me veo ansiosa por sentir que yo me he esforzado en alguna u otra situación y que no logro ver los frutos, mi sabia madre me dice: Es como cuando preparas una masa. Tu ya hiciste todo lo que hay en ti, tu ya le pusiste levadura a la masa. Ahora solo tienes que dejarla reposar, para que se esponje. Tu tranquila, dale tiempo a la levadura que pusiste y verás el resultado.
Esa hermosa sabiduría, esa sabiduría hábil, útil, aterrizada, sencilla, precisa y mágica, tan solo puede venir de una mujer que no se ha olvidado de la importancia de crear. Una mujer que usa sus manos para traer a este mundo cosas bellas. Para llenar al mundo con expresiones de amor. Para inundarlo con la magia de hacer cosas donde no existían.
De levadura, de hierbitas, de tejidos, de amasar. De ese tipo de magias intento llenar mi cerebro y entrenar mis manos para ir tejiendo mi mundo a mi manera, con mis sabores, con mis ideas, con mi magia, y para dejar por aquí y por allá muchas expresiones de mi alegría de estar aquí y ahora.
Y cuando damos rienda suelta a nuestra creatividad, nos sorprendemos al ver que las cosas que creamos, toman vida propia y así nos enseñan muchas cosas sobre la vida misma. Sabiduría que podemos transmitir a los demás. Es cuestión de ponerle toda la levadura y dejar que el tiempo cocine las cosas a su manera. Y veremos como todo empieza a crecer....como bellas flores de un hibiscus.
lunes, 16 de abril de 2012
Galletas chinas y otras fortunas
No sé exactamente cuándo me di cuenta que me perseguía el número 54. Pero de pronto estaba en todos lados. Descubrí que nací a las 7:54 de la mañana. Y por años, cada vez que miraba el reloj, eran las x horas con 54 minutos. Y ahí estaba, en un antiguo número de tarjeta bancaria, en el número de celular, en las placas de mi auto. Se me aparecía (y aparece) cuando menos lo espero, y cuando más lo hago también. Y con el tiempo he logrado encontrarle una belleza estética al número que no he visto en ningún otro. Se ve bonito. Como un dibujito. Es mi número, por alguna extraña razón que quizá nunca comprenderé. Pero esa constante aparición que hace años me asustaba un poco, con el tiempo se volvió reconfortante. Como si me recordara que la vida no se olvida de mí, y siempre algo me tiene preparado.
Es chistoso cómo vemos la suerte los humanos. La tendemos a dividir en buena y mala. Si nos pasa algo terrible, tenemos mala suerte. Si nos pasa algo extraordinario, tenemos buena suerte. No hay punto medio. Nunca decimos: sigo vivo, qué buena suerte. Tengo gente en mi vida que me ama, qué buena suerte. Tengo una vida tranquila y sin grandes necesidades, qué buena suerte. Eso para nosotros, por alguna extraña razón, no es buena suerte. Es simplemente un status quo o un limbo, porque buena suerte es ganarte un auto. O que te descubra un agente de Hollywood mientras haces fila para ir al baño en un bar. Buena suerte es lo inesperado. Los pequeños regalos de la vida con los que no contábamos y que aparecen de pronto en el camino, como en un videojuego de la infancia.
Buena suerte, al parecer, es para nosotros las cosas que ganamos y por las cuales no trabajamos. Nadie dice qué buena suerte que me pagaron el sueldo de este mes. Decimos: me lo merezco. Pero eso sí, cuando trabajamos mal y nos despiden decimos: qué mala suerte, me corrieron del trabajo. Con esa visión de la suerte, no es sorprendente que pocos se sientan suertudos. Porque vemos a la suerte como un ente completamente independiente de nosotros. No creemos en la ley de causa y efecto. Y como nuestra visión del mundo y de cómo las cosas se conectan y de dónde venimos y hacia donde vamos es tan limitada, es normal que sintamos que la suerte no depende de nosotros. Y que es como una niña caprichosa.
Vivir en un mundo aparentemente así de caótico puede ser frustrante y abrumador. Y aunque a veces lo olvido, yo prefiero pensar que se trata de un caos con orden y razón, del cuál solo vemos una partecita porque solo sabemos mirar con los ojos.
Aún así me emocioné el otro día que el mesero nos trajo galletitas de la fortuna en un restaurante chino. Habían dos, una para mí y otra para mi esposo. Y aunque nunca había probado una que fuera de chocolate y me llamó la atención, algo me hizo tomar la galletita ordinaria de vainilla. No pude ni leer bien la frase que parecía estar mal traducida del chino al español porque mis ojos volaron al final del papelito que decía: Número de la suerte - 54. Era como si el mundo me confirmara lo que yo siempre había sentido.
Boquiabierta, le mostré el papelito a mi esposo, lo guardé para siempre, y me comí también su galleta de chocolate.
Y es que en esta vida, todo cuadra. Tarde o temprano. Sin que sepamos cómo, cuándo o dónde. No importa si queremos abrir los ojos y darnos cuenta, o si nos es más fácil ignorarlo. Todo cuadra. El momento y el lugar siempre son el perfecto. Estés en la calle, en la oficina, en casa o en un restaurante chino en el sur del mundo, la vida te está tratando de decir algo. Y la vida nunca se olvida de ti, siempre te tiene algo preparado.
Al día siguiente, al bajar las escaleritas de esos buses de dos pisos, una señora algo gorda me tapaba la salida del bus. Todos habían bajado. Y ella estaba ahí, parada. Tapando la salida. Haciendo nada. Yo cargaba mochila y varias bolsas conmigo, me sentía como burrito de carga y tan solo quería salir. Atrapada en esa escalerita pensé "¿por qué la gente no piensa un poco más y dejan la salida del bus libre?" Y entonces la mujer me miró, y se movió un poco. Pero solo se movió poco, y lento. Y como no era muy delgada sentí que quizá yo no iba a poder salir. Pero lo hice, bajé del bus pensando en la mala educación de algunas personas. Una vez fuera del bus, encaminándome hacia el metro, al voltear hacia atrás vi de nuevo a la señora, aún tapando la salida. Pero también vi que un señor acercaba una silla de ruedas al escalón para bajar del bus, y que ella solo tenía una pierna.
Y entonces me sentí estúpida porque me di cuenta que estaba juzgando un momento de la vida sin siquiera estar mirando correctamente. Y me pregunté a cuánta gente juzgamos aún teniendo la respuesta frente a nuestros ojos, pero vemos solo lo que queremos ver. ¿Cuántos momentos de nuestra vida han pasado mientras veíamos todo mal, con lentes incorrectos, con una visión tan estrecha, egocéntrica, rápida para juzgar y con el corazón tan frío? ¿Cuántos momentos de nuestra vida se han ido sin que los hayamos entendido realmente? ¿Cuántas veces hemos visto solo una parte de la historia? ¿Qué tan ciegos vamos por la vida?
Y seguí caminando hacia el metro, tratando de mantener los ojos bien abiertos y el corazón nada escondido. Y pensé en mi galleta de la fortuna y en mi número de la suerte. Es increíble, pero nos encanta a los humanos recurrir a todo tipo de jueguitos que nos revelen algo acerca de la vida. Galletas de fortuna, y tarots, y palmas de manos y horóscopo 2012 incluye tips de finanzas y amor. Queremos que la vida nos diga algo, sentir que nuestra voz y nuestras súplicas le llegan a alguien. Queremos respuestas, sentir que hay alguien del otro lado del auricular. Mordemos galletas y galletas con la esperanza de que esta vez el papelito tenga sentido.
Sin embargo, no nos damos cuenta que a diario la vida nos regala una galleta. Cada día es una galleta de la fortuna nueva. La vida nos está constantemente retroalimentando. Frente a nuestros ojos hay más de lo que creemos. Solo hace falta detenerse y leer el papelito.
Y yo les aseguro, ese papelito siempre tiene sentido.
miércoles, 4 de abril de 2012
Serpientes y elevadores
En algún país de Africa tienen un dicho que me ha tenido pensando varios días. Fue el otro día que veía un fantástico documental francés que una de las entrevistadas, de origen africano, dijo en su lengua nativa que sonaba a tambores eternos "el miedo a la serpiente continúa aunque la serpiente esté muerta". Y siguió el documental su curso, y se terminó y encendieron las luces y pasaron los días. Y la frase, tal como el miedo a la serpiente, seguía viva en mi cabeza.
Y es que de hecho, los miedos son generalmente anticipaciones, más que situaciones reales. Como yo, que le tengo pavor a quedarme atorada en un ascensor, aunque nunca me haya sucedido. Y cada vez que me enfrento a uno lo miro detalladamente, y lo analizo, y me pregunto si este será el maldito que finalmente me haga pasar por ese claustro espantoso. O como todas esas veces que me he levantado de la mesa de un lugar para ir al baño y le digo a mi esposo que si no regreso en unos minutos me vaya a buscar porque seguramente me he quedado encerrada en el baño. O esas otras que he encontrado de dudosa funcionalidad el seguro de un baño público y por el miedo a que si lo cierro no vuelva a abrir, maniobro con una mano para detener la puerta, la otra para detener mi bolso, mi trasero levitando como ilusionista de Las Vegas y mis gritos histéricos "¡está ocupado!, ¡está ocupado!" cada vez que alguien intenta abrir la puerta.
¿Si la serpiente está muerta, porqué sigue existiendo el miedo a la serpiente? La realidad es que el miedo es una posibilidad. Pero es una de tantas. Es una posibilidad que el ascensor deje de funcionar entre el piso 7 y el 8, como también lo es que Woody Allen se suba al mismo ascensor y me pida ser la estrella de su nueva película. O quizá no pase nada, y llegue tranquila a mi destino. O que no queme las calorías que hubiera quemado de haber tomado las escaleras.
En fin. Cualquier persona que ha estado viva un solo día en este planeta se ha dado cuenta que la vida se escribe a sí misma con una imaginación exorbitante y que ante cualquier situación las posibilidades son infinitas e insospechadas. Probablemente miles de historias se escribirán antes de que suceda aquella a la que tanto temes, si es que alguna vez sucede.
Pero aunque la serpiente esté muerta, el miedo continúa. Y si la serpiente es tan poderosa, no es porque sea serpiente, ni porque esté viva, sino porque tú le tienes miedo.
Me parece importante preguntarnos a qué le entregamos el poder en esta vida. Y por qué. Y si lo vale. O si acaso estamos haciéndolo conscientemente. Y qué efecto está teniendo en nuestras vidas. Y si ese miedo nos hace vivir más muertos que la serpiente muerta en aquel país del Africa. Y si no da más miedo vivir una vida medio muerto que vivir libre de miedos, o al menos enfrentándolos.
De excursión por una isla mediterránea con mi esposo, casi recién desembarcados en la isla nos saltó una serpiente por la vereda que tomábamos. A dos pasos frente a nosotros. De muerta no tenía ni una escama. Se deslizó como si nada, con la desfachatez de quien está en su territorio. No nos dio ni el tiempo de tenerle miedo, cuando ya estaba escurriéndose entre la flora verde platinada. Y nos miramos con unos ojos enormes y en los labios un "¿viste eso?". Y después seguimos adentrándonos en la isla, en esta vida en la que nunca sabes lo que te saltará de entre los arbustos. Pero sea lo que sea que te salte, el resto de la historia depende de ti.
domingo, 1 de abril de 2012
Otoño en otro lado es primavera
A veces me parece que el mundo entero se está haciendo más inteligente, menos nosotros. Se graduaron como inteligentes los celulares, hay autos que se estacionan solos, y la publicidad que me arroja mi navegador de internet me conoce más que algunas amistades.
Pero pareciera que somos los primates que menos avanzamos. Nos pasamos horas al día quejándonos, estresados, colgados del celular o prendados de la pantalla de uno, reaccionamos más rápido al ringtone de nuestro aparatejo que a las necesidades de nuestros seres queridos. Lo siento, hoy no hay tiempo para comer, tengo junta, comete rápido este sandwich. Nos pasamos horas y horas a la semana en un trabajo que rara vez nos gusta, que no nos hace felices, que no explota todas nuestras capacidades y lo más importante de todo es que no hace al mundo un mejor lugar. Y llegamos a casa cansados, y qué horror el metro estaba infestado. Cenemos cualquier cosa lo que ya quiero es dormir. Pero tampoco dormimos bien porque tenemos la cabeza en los pendientes de la oficina, sí, esa misma oficina que nos hace tan infelices y estresados y que no hace al mundo un lugar más feliz y justo.
Cada vez leemos menos, escribimos menos (y peor), hablamos menos en persona, y nos movemos menos. Cuando hacemos ejercicio es porque estamos obsesionados con parecernos a la última estrellita de Hollywood y no por la alegría de sentir nuestro cuerpo vivo, sano, radiante de energía.
Se nos olvidan nuestros sueños. Los recordamos solo el último día del año, los escribimos en un papelito y al día siguiente como todos los años nos reímos porque sabemos que nunca los cumplimos y no importa "porque todos somos así" y hahaha.
Nos parece más dramático lo que sucedió en el último episodio de Otroprogramaparamanteneralagentetonta que el estado actual del mundo y lo cochino que tenemos al planeta. Tenemos pocos ideales, seguimos los que nos convienen, creemos que somos buenos porque nos da gusto que el Papa pise nuestras tierras, o creemos que somos críticos porque nos quejamos de la Iglesia, pero en nuestro día a día no hacemos nada por hacer de éste un mundo mejor.
Y entretanto el mundo avanza. Los teléfonos se gradúan de doctorado y las computadoras usan su cerebro más que nosotros. Vamos en el cuarto mes del año y no hemos abierto un libro nuevo (no, Cindy la Regia no cuenta, ni esa revista que todos los meses promete hacerte una leona en la cama). Creemos que sabemos del mundo porque en Twitter seguimos al NYTimes pero hace meses que no nos atrevemos a poner un pie en una ciudad nueva (o que cuando viajamos mejor que sea para ir de shopping que para ir a conocer el mundo). Y ¿cuándo nos hemos atrevido a ver el mundo a través de nuestros propios ojos y no de los ojos de la prensa?
La realidad, aunque no la queramos ver, es que estamos viviendo dormidos. La TV y los otros medios duermen y engañan y nos hacen creer que es más importante la marca de la funda de la almohada que los sueños de la cabeza que se acuesta todas las noches en ella. Cuando vamos a la universidad es con el fin de encontrar un buen trabajo, pero nunca con el fin de aprender. Cuando aprendemos otro idioma es para encontrar mejor trabajo, pero nunca por la belleza de una mente más cultivada.
Yo propongo algo para este abril. Leer un libro. Comer mejor y con más tiempo. Usar menos el celular. Pasear más. Preocuparnos menos. Meditar, o al menos, sentarse y disfrutar de respirar. Recordar qué nos hace felices. Eliminar al menos una cosa que no nos gusta de nuestra vida. Respetar nuestro cuerpo. Dejar de alimentar nuestra mente de basura. Hacer al menos una cosa para que este planeta sea un mejor lugar para vivir. Cambiar de filosofía de vida.
En pocas palabras, proponernos que en esta corta vida vamos a ver menos la TV y más las estrellas.
lunes, 5 de marzo de 2012
Las brujas de vuelta
La primera vez que escuché del día de la mujer estudiaba en la universidad. Tenía una fabulosa maestra de literatura que nunca olvidaré (aunque no recuerdo bien su nombre). Hablaba francés porque se había casado con uno, y a veces a mí me parecía que tenía algo de la Beauvoir. Y ella decía que el simple hecho de necesitar proclamar un día como día de la mujer, mostraba hasta qué punto la mujer seguía siendo relegada.
Claro, me dije a mí misma. Y nunca celebré mucho ese día. Preferí celebrar mi feminidad a diario.
Es verdad que hay que celebrar que poco a poco se le ha reconocido a la mujer su inteligencia, su capacidad, su espacio dentro de la sociedad. Desgraciadamente, esto ha significado una masculinización de la mujer. Hemos entrado a círculos sociales donde antes no nos era permitido, pero para ello, hemos tenido que dejar atrás (y empezar a creer que son signos de debilidad) ciertos aspectos fundamentales de lo que es una mujer.
Somos fuertes, somos independientes, somos inteligentes, somos trabajadoras, decimos. Y entonces nos empieza a parecer que la maternidad es de débiles. Que hacer un hogar significa pedir una pizza y contratar a una nana. Que la feminidad significa mostrar mis carnes como en vitrina de carnicería (tal como lo aprendimos en la TV), sin siquiera saber amar nuestros cuerpos, sin redescubrir el concepto de sensualidad, sin recordar que sexy nunca significa plástico. Creemos que la mujer fuerte debe odiar su menstruación y la esconde, pues es un defecto de la naturaleza. Que la intuición es cosa de charlatanes, que nuestra relación con la naturaleza se define por cuantos bichos mato con mi Raid, que el poder de crear con las manos significa teclear mensajes en la Blackberry. Creemos que nuestro papel en la salud y la curación de nuestros seres queridos se reduce a inscribirlos a un seguro médico, que servir a los demás significa lanzarme a la candidatura de un partido para demostrar cuánto poder soy capaz de tener.
Sí, las mujeres nos hemos integrado a la sociedad, pero haciendo todo lo posible por dejar de ser mujeres. Nos hemos abierto puertas al mundo, pero jugando el juego con las reglas masculinas. Y en el intento, no le hacemos ni honor a los hombres y sus virtudes, y demacramos nuestra verdadera esencia.
El primer paso ya está dado. El mundo reconoce que tenemos alma. Sí, somos seres con alma y cerebro. El siguiente paso es canalizar nuestros esfuerzos para crearnos un espacio en el que se nos permita ejercer nuestra feminidad.
Necesitamos crear un mundo en el que la mujer no deje de ser pilar emocional y afectivo de las familias. En el que la mujer, además de estudiar y trabajar, pueda hacer un hogar. Y hacer un hogar no significa lo que las publicidades de productos de limpieza nos hacen creer. Tampoco significa que a mamá hay que regalarle "cosas para la casa" en cada cumpleaños y Navidad. Tampoco significa que lavar los platos y limpiar la casa es tarea de mamá. En pocas palabras, hacer un hogar no significa que la mujer es la sirvienta de su familia. Hacer un hogar significa saber transformar, con amor y creatividad, un espacio al que llamamos casa en un espacio al que da alegría volver cada noche. Un remanso de paz y de alegría, de belleza y de descanso, de sensaciones y de sutilidad.
Necesitamos crear un mundo en el que la mujer pueda vivir sus etapas libremente. Su etapa de embarazo, su etapa de madre joven, su etapa de abuela... Un mundo en el que trabajar y embarazarse no sean enemigos mortales. Un mundo en el que se le permita expresar a la mujer su naturaleza cíclica. Ese morir y renacer que vive cada mes, y todas las potencialidades que eso conlleva.
Exigamos ( y mejor aún, creemos) un mundo en el que se nos enseña desde niñas la belleza de nuestro cuerpo y como funciona. Exigamos que se respete la menstruación. Exigamos verdadera información sobre nuestros cuerpos de mujer. Exigamos un mundo en el que se le de lugar a la sexualidad femenina, y no que cuando se junten las palabras sexo y mujer sea solo para referirse a ella como el objeto del sexo.
Creemos un mundo en el que desarrollemos nuestra inmensa creatividad femenina. Al mundo le hace falta nuestra energía, no es casualidad que LA Madre Tierra está muriendo. Las energías femeninas se ignoran en este mundo en el que sí la mujer es valorada es porque se ha parecido cada vez más al hombre. Recordemos que la mujer es indisociable de la palabra crear: crear vida, crear felicidad, crear belleza, crear hogar, crear vestido, crear sustento, crear salud, crear proyectos, crear sociedades espirituales...
Creemos un mundo en el que recordemos el valor del parto, el valor de la lactancia, el valor de cuidar un jardín, el valor de las tradiciones, el valor de conocer las habilidades curativas de las hierbas...
Hace años el mundo fue testigo de las cacerías de brujas. Eran mujeres que conocían su poder (y no era precisamente la triste y negativa idea de poder que tenemos ahora). Eran mujeres espirituales, conectadas con la tierra, con las demás mujeres, con todos los seres vivos, con ellas mismas. Eran mujeres seguras de sí mismas, de sus cuerpos, de su belleza. Eran creadoras, eran mágicas, eran curanderas. Sabían que había algo que las conectaba con la tierra y con la luna.
Quizá este ocho de marzo no hay nada que celebrar. Lo femenino sigue sin respetarse. Peor aún, ahora nosotras mismas aprendimos a ver lo verdadero femenino como débil, retrógrada y negativo; y nos creímos otra idea de lo que es lo femenino. Pero en el fondo lo sabes tú, lo sé yo, y nos lo grita el viento: No somos hombres con tetas.
Este ocho de marzo, no celebremos que nos hemos vuelto lo suficientemente hombrecitas para ser valoradas. Este ocho de marzo, celebremos la bruja en nosotros. Este ocho de marzo, TRAIGAMOS A LAS BRUJAS DE VUELTA.
jueves, 23 de febrero de 2012
Para mi hija
Creo que estoy lejos de ese momento, y no sé si quiera si algún día lo viviré, pero si yo tuviera una hija hoy, le mostraría lo increíble que es estar vivo.
Le cantaría todos los días para que aprendiera que en la música se esconde un poco de nuestra alma, y que al cantar se nos llena el corazón de cosas buenas.
Le leería un libro cada noche. Le contaría historias. Le llenaría su mundo de personajes, y lugares, y magia y colores. La enseñaría a amar la lectura, a buscarse a ella misma dentro de un libro, a encontrarse escondida entre las hojas, y a nunca dejar de descubrirse.
La sentaría frente a un espejo y le mostraría que es hermosa. Estaríamos frente al espejo hasta que en realidad se diera cuenta de ello. La enseñaría a amarse tal y como es, y a cuidar su cuerpo porque es su propio altar. Le diría que nunca dejara que nadie, nadie, y mucho menos ella misma, la hicieran sentirse fea. Que la belleza es un derecho de todos, solo que a veces no nos sentamos el suficiente tiempo frente al espejo para darnos cuenta. O no abrimos bien los ojos.
Le diría que puede cumplir sus sueños. Que a mí, su abuela me dijo una vez que yo podía cumplir los míos, y así fue. Que sueñe grande, grande, hasta llenar el cielo de estrellas con sus sueños. Y que trabaje duro para lograrlos.
Tendríamos un jardín, y plantaríamos flores, y arbustos, y árboles. Les pondríamos nombres a nuestros verdes amigos y bailaríamos de la mano al lado de ellos. La enseñaría a maravillarse con sus colores, sus aromas, sus texturas, y lo fresco que es el mundo bajo su sombra.
La enseñaría a tejer, a hacer cosas con las manos. Le diría que las mujeres tenemos el don de la creación, y que las manos y el cuerpo se nos ponen tristes cuando no hacemos cosas. Que encontrara algo que le gustara hacer, algo que le gustara crear, y que lo practicara con amor el resto de su vida.
Le diría que los alimentos son sagrados. Que somos lo que comemos. Que somos lo que pensamos. Le enseñaría a cocinar, a descubrir el arte de crear emociones y de transmitir amor con los alimentos. Le recordaría que comer deprisa y cualquier cosa nos hace perdernos de disfrutar de las pequeñas grandes cosas de la vida. Del placer de los sabores, los olores, las texturas. El placer de sentir que le haces bien a tu cuerpo.
Le diría que nunca tratara mal a nadie. Que aunque sus compañeritos lo hicieran, nunca se burlara ni fuera mala con los demás. Que lo que le damos a la vida y a la gente, se nos regresa multiplicado, bueno o malo. Y que si algo yo aprendí, es que con los años te das cuenta que gente de la que te reíste o con la que creíste no tenías nada en común se vuelven importantes en tu vida, y amigos que creías serían para siempre resultan no tan buenos amigos.
Le enseñaría lo hermosa que es la familia. Lo hermoso que es compartir. Que aunque llegue un momento en que quiera abrir sus alas (porque hija mía, llegará) y vivir sola o con su pareja u otras personas, siempre me tendrá a mí y tendrá a su papá y seremos su familia. Que siempre podrá contar con nosotros y que nosotros nunca olvidamos que ella es libre y ella decide como vivir su vida.
Cuando menstrúe por primera vez, la abrazaría fuerte y le regalaría una enorme sonrisa. Le daría la bienvenida al mundo de ser mujer. Le explicaría que la menstruación es sagrada y es mágica y que en ella se encierran muchos misterios y un hermoso poder. Le explicaría de su cuerpo de mujer y que somos hijas de la luna. Le diría que de ahora en adelante su vida estará marcada por ciclos, y que si llega a conocerlos y estudiarlos bien, aprenderá a sacarles el mejor provecho y ser muy feliz. Y después, la llevaría a su restaurante favorito y nos juntaríamos con las mujeres importantes en su vida en ese momento. Para que supiera que forma parte del círculo femenino, que nos une a todas, y que nos une a la tierra y al universo.
Y le hablaría de sexo. Sin miedos. Sin mentiras, sin medias palabras. Le diría que es hermoso cuando uno sabe respetarse y respetar al otro. Que es sagrado, que es mágico. Que es muy divertido. Que puede ser un arma de dos filos cuando a uno se le olvida su verdadero valor. Que no le crea a la Tv, que no le crea a las revistas. Que le crea a su cuerpo y a su corazón y a su naturaleza de mujer. Que se espere al momento adecuado (no sé cuando será, hijita, eso solo lo sabe uno mismo) y que encuentre a una persona con quién verá el cielo y las estrellas.
Y le enseñaré sobre su fertilidad. Y cómo estar consciente de ella. Y como manejarla sana y sabiamente.
Y le regalaré esos libros sobre mujeres que tanto han cambiado mi vida.
También le hablaré del amor. Le diré que es la fuerza más grande del planeta, que lo puede todo, que es como la tierra y las estrellas y el polvo del que están hechos los planetas. Que ella sabrá cuando lo encuentre. Que si en el camino le rompen algunas veces el corazón, será para que cuando encuentre a la persona indicada pueda reconocer su perfección. Y le diré que nunca deje de creer en el amor.
Le diré que viaje. Que viaje harto. Que viaje hasta sentir que el planeta le pertenece (nos pertenece hija, por eso hay que cuidarlo tanto). Que viaje como yo viajé y me abrió tanto la mente, y el corazón y los ojos. Que vuele, que viaje, que respete todas las culturas y se quede con lo que más le guste de cada una de ellas. Y que siempre, siempre viaje ligero.
Le diré que habrá quién le diga que los hombres son malos, que solo les importa una cosa, que hay que cuidarse de ellos. Pero que ella no deberá hacer caso a eso. Que tanto hombres como mujeres los hay buenos y malos. O mejor dicho, más o menos conscientes y evolucionados. Pero que en el camino encontrará hombres tan maravillosos que le harán entender porqué la vida nos creo en par.
Le aconsejaré que se busque un trabajo en el que pueda servir a los demás. En el que haga algo bueno por el mundo, que encuentre un trabajo que la haga sentir que dejará este mundo mejor de como lo encontró. Pero que nunca se le olvide que el trabajo y el dinero no lo son todo en la vida. Que la verdadera felicidad está en uno mismo, en las personas a quienes amamos, en disfrutar de la naturaleza, en ayudar, en aprender, en crear, en soñar y cumplir sus sueños. Le diré que no hay que tenerle miedo al dinero (como alguna vez me lo dijo mi mamá), que cuando uno le teme menos viene. Y que el dinero es energía y por lo tanto debe siempre circular, por lo cual de nada sirve que lo amontone y amontone pudriéndose en una cuenta de banco o bajo el colchón. Que hay que saber administrarlo, pero también hay que saber disfrutarlo y compartirlo.
Le recordaré que no nacimos en un valle de lágrimas. Que nacimos con el potencial enorme y palpitante para ser felices. Que las respuestas siempre están en nosotros mismos. Que al levantarse cada día nunca olvide la alegría de vivir.
Y le diré que algún día tanto yo como su padre tendremos que morir. Le diré que es normal, y que si quiere llorar, que llore. Que si quiere estar triste un tiempo, que lo haga. Pero que solo un corto tiempo, porque aunque nos extrañe, debe saber que morir es parte de nacer y de vivir. Que para renacer, uno tiene que morir. Y que el mundo no se acaba aquí. Que todo es mucho más infinito de lo que se imagina. Que a todos nos queda un largo camino infinito por recorrer, y que la veré del otro lado. Y que quizás allí, cuando nos encontremos, tal vez sonría con una dulce nostalgia recordando que allá, en ese enorme y hermoso planeta azul, yo fui su madre.
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